Hay que acomodar sus ramas, pensé, esquivando la copihuera al pie de la escalinata de entrada a la casa, (la misma donde anidaron los colibríes, meses antes de que mi padre dejara este mundo)... este año nadie guardó la clepia, que cada comienzo de invierno Fernando enrrollaba y guarecía bajo techo, para que las heladas otoñales no la dañaran...mi padre descansaba y ya no se levantaba, no podía, se debilitaba... muriendo un poco más cada día...
Abril, así como traía el frío y las heladas, trazaba el camino que mi padre a duras penas recorría cada día, el sendero se estrechaba, y su cuerpo ya no respondía como era costumbre...creo que la clepia perdonará nuestro descuido, así como yo perdonaré a la vida que no sea infinita...

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